Cuando esto pasa pillo a la gente de muchas maneras.
Unas veces parece que están haciendo un examen de geografía española, estilo:
—¿Sevilla? ¿Cádiz?
—No.
—¿Málaga?
Los intentos aumentan conforme mi cara va expresando, misteriosa, la negativa.
—Pero… ¿Andalucía?
—Sí.
—Pues… —y aquí el titubeo, porque no se acuerdan de las otras provincias.
Esta escena me hace mucha gracia; habría que preguntar en Andalucía cuáles son las provincias de Galicia y ver quién pasaba de Vigo (que, encima, no es provincia) o Pontevedra y La Coruña.
Otras veces me sorprenden con cosas como:
—Venezuela. Argentina.
Y, entonces, sonrío y me digo que todo está bien, porque puedo ser de donde me dé la gana, y no necesito llevar una bandera puesta en la frente para decirlo.
Sin embargo, el otro día en la barra pasó algo interesante que me enseña de dónde soy.
Ese algo no me ata. No me sujeta. No me condiciona.
Me deja ser.
Y me hace formar parte de donde vivo.
Verás.
Resulta que, en contra de lo que suelo hacer —pintarme los morros de carmesí cual Peugeot Rojo—, este día me da por maquillarme los ojos de azul cobalto —como Sombrero Azul—.
(Si no conoces a Peugeot o a Sombrero, estás tardando; son veteranos de las cartiñas y te los presento en cuanto te suscribes a ellas).
Y llega mi jefe —o compañeiro, como él dice que prefiere que le llame—:
—¡A ver pa qué te tienes que pintar los ojos de azul, si ya los tienes azules!
Le miro fijamente.
Conteniéndome la risa por dentro.
Y me sale la respuesta por excelencia, que pa tó vale:
—Porque yo me pinto, como me da la gana, lo que me sale de…
[inserte aquí gesto que evidencia de dónde me sale]
—Eso, de ahí abajo, ¿no?
—Eso mismo.
Imagínate la escena, cada uno en una esquina de la barra, cantándonos la vaina a pleno pulmón, con los clientes habituales tomándose su vino de casa en taza —a súa cunca de viño—,
con algún pincho de queixo cremoso junto a un chorro de AOVE temprano de Jaén, que traje de las vacaciones, rulando por ahí.
El espectáculo debe continuar:
—¿Qué pasa, que ahora también sabes de estilismo y el azul no le pega a mis ojos, o qué?
Me mira, impertérrito.
—Dime, a ver. ¿Te gusta más el morado… o el ciruela?
Y, por fin, me sigue el rollo:
—¡No! ¡Es que no te hace falta! Se lo digo a miña filla también… pero es que… cómo os empeñáis las mujeres, hostia.
En ese momento me acuerdo de mi padre sufriendo cuando me hice el primer piercing en la oreja a los 15 años. Y el primer tatuaje a los 17.
Pobriño.
Pero es que me estoy gozando la conversación con tal cachondeo en el ambiente:
—¡Mira! Ni mi padre me dice lo que me pongo o me dejo de poner. Así que a callar, y se acabó y se terminó.
El jefe compañeiro me mira, se ríe, se calla… y le pega un sorbo al café corto con unas gotas que se está tomando, mientras los clientes sonríen para sí, y siguen concentrados na súa cunca de viño da casa.
Ahí me doy cuenta.
—Querido. Pareces mi padre de repente.
Y me sale, igual que a él, una sonrisa inevitable en la cara.
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